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🇨🇴 La peor tragedia de la historia en el departamento del Tolima, 40 años después

Germán Santamaría y la crónica que le dio la vuelta al mundo: la historia detrás de Omaira Sánchez y el desastre de Armero

El amanecer que nunca volvió

El 13 de noviembre de 1985, a las 9:09 de la noche, la montaña del Nevado del Ruiz rugió como una bestia dormida que despertaba después de siglos. Minutos después, un río de lodo, piedras y fuego descendió a más de 60 kilómetros por hora, borrando del mapa al municipio de Armero, Tolima. En menos de diez minutos, más de 23.000 personas desaparecieron bajo la avalancha.

La llamada que cambió una historia

Esa misma noche, en Bogotá, el periodista tolimense Germán Santamaría dormía en su casa del barrio Niza cuando sonó el teléfono. En la línea, la redacción de El Tiempo le confirmó la tragedia. No dudó un segundo: al amanecer del jueves 14 de noviembre, el periódico alquiló un helicóptero que aterrizó en el parque del barrio para recogerlo rumbo al epicentro del horror.

El vuelo hacia el silencio

Desde el aire, Armero era un mar gris. Donde antes había calles, casas y parques, solo se veían ruinas, árboles arrancados y cuerpos cubiertos por el lodo. “Parecían zombis”, recordaría después Germán. Hombres, mujeres y niños caminaban desnudos, con los rostros cubiertos de barro y sangre, clamando ayuda entre los escombros.

Los primeros rescatados

El periodista y el piloto descendieron sobre un claro improvisado. Subieron al helicóptero a ocho sobrevivientes, los más graves, para trasladarlos al hospital de Mariquita. Ninguno podía hablar. Solo se escuchaban gemidos y el llanto de un niño que no encontraba a su madre. Así empezó el primer día de cobertura de Germán Santamaría en el infierno.

De regreso a Bogotá con el alma rota

Al caer la tarde, el helicóptero volvió a recogerlo para llevarlo de regreso a la capital. Llevaba notas, fotografías y videos. Pero también el peso del horror en la mirada. En la redacción de El Tiempo, el editor Enrique Santos Calderón lo recibió con una frase: “Mijo, escriba, escriba, escriba”.

La noche en que nació una crónica inmortal

Sentado frente a su máquina de escribir, Germán comenzó a teclear sin pausa. Las palabras parecían salir solas. Escribía sobre la destrucción, sobre el dolor y sobre los rostros que pedían auxilio. En ese momento, apareció Juan Manuel Santos, subdirector del periódico, quien más tarde sería presidente de Colombia.

Una orden para la historia

Germán le pidió ayuda: “Juan Manuel, consígame una motobomba urgente. Hay una niña atrapada y el agua la está ahogando”. Santos se fue a Paloquemao, hizo abrir una ferretería en la madrugada y regresó con la motobomba. “Me di el lujo de ordenarle a quien años después sería presidente de la República”, recordaría Germán entre risas tristes.

La niña del milagro

El viernes 15 de noviembre, a las seis de la mañana, el helicóptero volvió a recogerlo. La prioridad era volver a Armero. Sobrevolaron el pueblo hasta hallar un claro en una pequeña colina. Allí aterrizó. Un campesino se acercó y le dijo: “Allá hay una niña atrapada”. A unos 150 metros, entre el lodo y los restos de una casa, Germán vio por primera vez a Omaira Sánchez.

La mirada que conmovió al mundo

El periodista se abrió paso entre el barro. Junto a Omaira estaban un policía y un socorrista. La niña tenía el agua hasta el pecho, atrapada por una plancha de cemento que la aprisionaba de la cintura hacia abajo. Germán le preguntó con voz temblorosa: “¿Cómo te llamas?”. “Omaira Sánchez”, respondió ella, apenas sonriendo.

La impotencia ante la vida

La motobomba aún no llegaba. La tarde caía, y el piloto le hacía señas a Germán de que debían regresar. Antes de irse, él le prometió a la niña: “Mañana volveré con la motobomba”. Omaira le respondió con una leve sonrisa. Al verla, pensó en su hija, de la misma edad y también morenita, nacida en El Líbano, su tierra.

La promesa cumplida

El sábado 16, a primera hora, regresaron con la motobomba. Pero el panorama era desolador. La máquina apenas lograba sacar el agua, mientras nuevas corrientes se filtraban sin descanso. Omaira estaba exhausta, pero aún sonriente. “Ya llevaba tres días ahí, resistiendo como una santa”, diría Germán.

El dilema imposible

A las nueve de la mañana, un médico se le acercó. “No hay nada más que hacer. La motobomba no sirve. Solo queda amputarle las piernas”. Germán estalló: “¡A mí no me pongan a decidir sobre eso! Yo no soy Dios ni médico”. Pero sabía que la niña agonizaba. Los médicos intentaron hasta el último momento, sin éxito.

La hora más triste

A las 9:30 de la mañana, Omaira comenzó a respirar con dificultad. “¿Qué le pasa?”, preguntó Germán. “Se va a morir”, le dijo el médico. El periodista no soportó verlo y se alejó. A los pocos minutos escuchó un grito: “¡Se está muriendo!”. Corrió de nuevo. La vio suspirar. Y luego todo fue silencio.

El adiós de una nación

“¿Qué hacemos ahora?”, preguntó alguien. Germán miró el cuerpo inmóvil y dijo: “Sueltenla”. Le quitaron el flotador y el cuerpo de la niña se hundió lentamente. El agua formó un remolino y luego todo quedó quieto. Los rescatistas cubrieron la improvisada tumba con ladrillos y escombros. Así se despidió Colombia de Omaira.

Un nacimiento en medio del dolor

Minutos después, un socorrista le avisó a Germán que una mujer embarazada había dado a luz bajo el lodo. “Vi la muerte de una niña y la vida de un niño en el mismo día”, escribiría más tarde. Aquella dualidad marcó su crónica más célebre: La vida y la muerte en Armero.

La crónica que dio la vuelta al mundo

El artículo fue publicado en primera plana de El Tiempo y reproducido por diarios internacionales. Las imágenes de Omaira recorrieron el planeta, despertando solidaridad, lágrimas y cuestionamientos sobre la falta de prevención en el país.

El periodista que se volvió ser humano

Germán confesó que durante esos días perdió la noción de ser periodista. “Ya no estaba allí para informar, sino para ayudar”. Transportó heridos, repartió agua, y lloró más de una vez al ver familias completas desaparecidas bajo el barro.

La noche más larga

Aquella noche en Bogotá, Germán llegó a su casa y se asomó al cuarto de su hija. La observó dormir. Era casi igual a Omaira. “No pude contener el llanto. Lloré como nunca”, recordó años después. Sabía que había presenciado algo que marcaría su vida para siempre.

Un país que despertó tarde

El desastre de Armero expuso la negligencia de las autoridades. Durante semanas previas, los vulcanólogos habían advertido del peligro, pero nadie escuchó. Los canales de alerta fallaron. Las sirenas no sonaron. Colombia aprendió tarde que el dolor no se anuncia: llega y arrasa.

Los sobrevivientes del olvido

Miles de sobrevivientes fueron trasladados a albergues improvisados en Ibagué, Mariquita y Honda. Muchos nunca volvieron a encontrar a sus familiares. Armero desapareció como pueblo, y con él, una parte del alma del Tolima.

Armero hoy: tierra de silencio

Cuarenta años después, el antiguo terreno de Armero es un campo vacío, cubierto de maleza y cruces. Los visitantes caminan en silencio entre los restos de casas y placas con nombres borrados por el tiempo. Aún se respira tristeza.

La voz de los que quedaron

Los sobrevivientes siguen narrando sus recuerdos. Algunos dicen que por las noches se escuchan gritos o cantos entre las ruinas. Otros prefieren callar. Armero se convirtió en un santuario del dolor, pero también en un símbolo de resistencia.

Germán y el legado del periodismo humano

Santamaría afirma que esa historia lo transformó para siempre. “Esa niña me enseñó más que cualquier universidad. Me enseñó el valor de la esperanza, incluso cuando todo está perdido”.

Un homenaje eterno

Cada año, en noviembre, los tolimenses se reúnen en el camposanto de Armero para encender velas y recordar. Allí, entre oraciones y lágrimas, muchos mencionan el nombre de Omaira como si fuera una santa.

40 años después

El Tolima aún llora a sus muertos, pero también recuerda con orgullo a quienes, como Germán Santamaría, no solo contaron la tragedia, sino que ayudaron en medio de ella. Su crónica no fue un texto: fue un acto de amor por la humanidad.

Armero, herida que no cierra

Cuatro décadas después, Colombia sigue preguntándose si aprendió algo. La tragedia de Armero no solo destruyó un pueblo, sino que dejó al descubierto el valor —y el costo— de la indiferencia.

La niña que no muere

Omaira Sánchez se convirtió en símbolo universal de fortaleza. Su mirada sigue viva en fotos, documentales y corazones. Como escribió Germán: “Omaira no murió aquel día. Se quedó en nosotros para recordarnos que la vida siempre resiste, incluso bajo el barro”.